Este idiota que escribe no me deja en paz:
–Escribamos una novela, una de las buenas, una obra maestra. Para que se acuerden de nosotros.
Será imbécil. Debe ser el último desgraciado que ignora que a la novela sólo se la puede resucitar una vez; insistir más no es de buen gusto.
–Un libro de poemas, de ensayos, unos Pensamientos, una novela erótica sin puntos ni comas, un ensayo sobre la sordera, una parodia de Coños de Prada(R), una elegía sin consonantes o sólo con la i o, yo qué sé, la segunda parte de Hamlet. Algo, lo que sea... escribamos, carajo, que nos hacemos viejos.
El pobre parece desesperado. No me extraña; debe de ser duro después de tantos años. Seguro que les tiene envidia hasta a los heterónimos.
-Pero no se puede, yo le explico, para eso estaba el Oulipo, los dadaístas, Beckett y el infumable del Arrabal. Ya ves, no ha quedado sitio.
–No puedes estar hablando en serio, algo debe de hacer –se diría que aflora un aterrado sudor en su voz– ALGO tiene que quedar original, puro, sin hacer, sin desvirgar... no puede ser que hayamos nacido tan tarde o tan temprano... Hemos trabajado duro, nos hemos esforzado, nos lo merecemos.
Y ahí lo tengo otra vez lanzado a lloriquear y patalear hasta que logra fastidiarme toda la tarde del domingo. En estas ocasiones, y es algo de lo que no me enorgullezco, rencoroso y excesivo, a conciencia y sin escrúpulos, tomo una decisión que apunto cuidadosamente en mi agenda. Mañana le regalo, al idiota, otro paquete de 500 hojas en blanco.