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21 agosto 2006

[OPTIMISMOS]



-Sabes, Friedrich, siempre fui un niño triste. Cuando mi padre me llevaba a ver los fuegos, los bailes, las fiestas y las guirnaldas, era incapaz de disfrutar con el resto de los chiquillos, porque era incapaz de olvidar que las luces, las formas, las bellas mujeres, los juegos, todas las cosas que uno debería disfrutar cuando se es niño, todas estas cosas sólo duran el tiempo que un suspiro en la oficina, el arco iris en el cielo, la flecha en su vuelo, las efímeras en una tarde de verano, las centellas de la fogata, la pelota en el aire, la onda en el agua. Así pues, desde pequeño, observé el mundo con ojos maravillados, pero teñidos de angustia, pues en el  cordero veía la pelliza, en el árbol la leña del invierno, en el joven príncipe al tirano viejo, en el joven escribidor de izquierdas al consagrado académico pro-americano, en las humildes rosas de Laura las pretenciosas odaliscas de escapistas y decadentes; en los cuentos crueles, aunque sinceros, de mi madre, las asépticas historias de plástico y merchandising de mis nietos. Todo cambia y nada permanece. El hombre nace a la muerte y al olvido. El río de mi infancia ya no es más que un embalse, 1546 adosados y un campo de golf.
-Ah, Heráclito, bienaventurada sea tu culpable inocencia... Nunca dejarás de ser un hipócrita redomado y un optimista. No cesarás jamás de repetir hasta la eternidad todas estas sandeces y yo me veré obligado a escucharlas hasta el fin de los tiempos. El dolor de cabeza que me produjiste ayer, me lo repetirás otra vez mañana. Cambiarán los nombres y nos contarán las mismas patrañas. Las primeras y las últimas palabras de los hombres son siempre idénticas. Pobres excusas para no mojarse en el río, que hace frío y no tengo alma para cambiarme; después vendrá otro de tu calaña y dirá lo mismo, lo cual será igualmente insufrible y acabaréis por volverme loco. El sabio reconoce al burro de la noria como un hermano de fatiga y condena. Por lo demás, esto carece de importancia y ya todo te lo dije mañana.

10 febrero 2006



Es un hecho incuestionable, y espero que nadie intente siquiera refutarlo, que Homero, ese gran impostor que se hacía el ciego, calcó literal, necesaria y deliberadamente, con el agravante añadido de hacerlo in extenso, los pasajes más significativos de la obra de James Joyce y de otros muchos, tantos que no los nombraremos por carecer aquí del espacio suficiente. ¿De dónde creían si no que le viene tanta frescura y tanta vigencia, tantos y tan audaces recursos vanguardistas, demasiados para un oscuro poeta maldito, del que apenas ya si recordábamos nada aparte del nombre, muerto con toda probabilidad entre la miseria y el olvido hace ya más de dos milenios y medio?

06 febrero 2006

Deyalús



En un cuento, en una novela, en un libro cuyo nombre no recuerdo, un personaje le recomienda a otro que quiere ser escritor que plagie lo más abiertamente posible. De este modo alcanzará fortuna y gloria, el reconocimiento unánime de la crítica, los más prestigiosos premios, el palmarés de los más vendidos en las librerías y en los hipermercados. Eso sí, y es fundamental que lo recuerde, si alguna vez alguien detectara una demasiada similitud de estilo, ciertos pasajes ajenos, hurtados a algún otro escritor, no debe, bajo ningún concepto, sonrojarse. Él no está, en absoluto, copiando o realizando una burda imitación de la obra de otro; le está rindiendo, por el contrario, un sincero, un sutilísimo y hermoso y arrebatado homenaje.

03 febrero 2006

Los otros

El yo de hace un momento, como decía Montaigne, ya no es la misma persona que el yo que soy ahora. Quizás esto quiere decir que no nos conocemos más que la gente que se ve cotidianamente, las personas con las que convivimos en el trabajo, en las reuniones familiares o en el lecho conyugal. Es decir, somos, seremos, siempre perfectos desconocidos para este nosotros concurrido que llamamos yo mismo. Citarme será siempre plagiarme y, lo que es peor, tergiversar mis propias palabras. Como apuntillaba Borges, el que escribe siempre es otro.

31 enero 2006

El que cuenta historias

Si todo se redujera a pisar sobre huellas que otros han dejado ya sobre la arena de la playa de la isla que creíamos desierta. Si en definitiva no pasáramos de meros turistas, nosotros que nos creíamos viajeros intrépidos, pioneros, exploradores de metáforas incógnitas y nos han plantado un club med y otros, muchos otros, ya han visto este amanecer, esta misma puesta de sol, este abismo sin fondo, esta naturaleza virgen ya, alas, muy usada de virgo mil veces remendado, que nos quedara más que hacer recuento, contar lo olvidado por servido y trocar nuestro mapa del tesoro por un hit-parade de grandes éxitos de ahora y, claro está y maldita sea su alma, de siempre. Sobre la tumba de Tusitala en los Mares del Sur se yergue ahora un MacDonalds.