Paulo Coelho, Alejandro Dumas Padre, llamado el Negro, Arturo Pérez Reverte, John Grisham, Garcilaso de la Vega, pero también Almudena Grandes, Susana Tammaro, el Canciller Pero López de Ayala, Isabel Allende, Ken Follet, y Ortega y Gasset, e Isidore Ducasse, dit Comte de Lautréamont, Ray Loriga, Len Deighton, el muy ilustre Infante don Juan Manuel, Calixta Belayah, el siempre honorable Sir William Shakespeare, y tantos, tantos, tantísimos otros... ¿Será posible que la falta de originalidad sea una de las claves insondables del éxito?
Los bártulos que cargo sobre mis hombros –más, mucho más adentro que las 43.591 neuronas (sí conozco el número y el tamaño exacto de mis limitaciones) con las que bostezo o me entusiasmo o esbozo una sonrisa cómplice, cada vez que en un texto reconozco algo, sin certezas, que ya he visto antes– este pesado equipaje, que acarreo por domicilios ajenos, habitaciones por horas, estos bártulos embarazosos, pesadísimos, sobre mis hombros... Dentro, muy dentro y antes de mí.
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01 febrero 2006
Los idiotas
Etiquetas:
Canon occidental,
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originalidad
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